El otro día una conversación me
hizo recordar el fin de la vida del semidios Hércules. Según la leyenda, al no soportar
más el dolor que le provocaba el veneno de la sangre del centauro Neso, prendió
una pira en el monte Etna y se acostó en ella, poniendo fin a su existencia mortal.
Tras su muerte, su padre Zeus lo elevó al Olimpo al lado los dioses y liberándolo
de todas sus culpas.
Así como Hércules, Toño estaba
sufriendo mucho. El miércoles pasado mi compañero de 13 años se fue. Llegó a la
casa de casualidad, luego que hiciera un desastre en su antiguo hogar, lo que provocó
su expulsión. Algunos días después de su arribo –una desafortunada tarde- cayó
desde el tercer piso, por la escalera caracol de la espalda de mi casa. Pero
gracias a una rápida reacción de quienes lo auxiliamos, en especial de mi
madre, se recuperó poco a poco. Era todo un sobreviviente.
Casi toda su vida la pasó al lado
de dos compañeras de su especie. Corrían por el patio, subiendo y bajando desde
la azotea. Pasaron nueve años y ellas se fueron, pero él se quedó un tiempo más.
A veces quisiera retroceder el reloj para poder pasar más momentos con él.
Las fuerzas de sus patas no eran
las mismas, ya había perdido la vista y algo del olfato y el oído. Debo admitir
que no me gustaba su olor, tan solo cuando recién regresaba de su baño con un
listón alrededor de su cuello.
Cada vez le costaba más masticar,
y por instantes se desubicaba y lanzaba alaridos. Sentía pena de verlo así pero
una parte de mí sabía que el final se aproximaba. Siempre sospeché que sería en
invierno. Una mañana de junio de 2012 no se podía levantar, y movía sus patas
como queriendo escapar del dolor. Su semblante era de agonía y el blanco color
de su pelo se había convertido todo en gris.
Antes de alistarme para salir al
trabajo, mi madre y yo lo reanimamos y se levantó. Pero al poco rato volvió a
caer. Mientras estaba en el trabajo entré al Facebook y me enteré de la noticia
por una publicación de mi hermana. Toño, mi cocker blanco moteado de marrón ya
no podría moverme la cola –mejor dicho, muñón- nunca más, ni mirarme con esos
ojos caídos. Ya no importaba si se ensuciaba las orejas al comer.
Pocas personas han dejado en mí
lo que pudo Toño o mis perritas Pimienta y Pecosa, y pocos entienden el
significado de tener una mascota, y el de la palabra perro.


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